Último de los conjuntos procesionales incluidos en nuestra Solemnísima Procesión del Santo Entierro.

Su realización fue encargada en el año 2.000 al escultor sevillano Manuel Hernández León. El proyecto del artista comprendía a Cristo,  Longinos a caballo vestido con armadura, casco y clámide, armado con lanza, a San Juan y a María, su madre, observando la escena y a María de Magdala de rodillas abrazada a los pies de la cruz y llorosa con pañuelo en su mano izquierda. Aunque el resultado hubiera sido impresionante, la realidad se acabó imponiendo y por cuestiones puramente físicas, ya que las dimensiones del paso y su escenografía son francamente monumentales, se decidió modificarlo para que representara el momento en el que Longinos montado a caballo propina, para cerciorarse de su muerte, la Sagrada Lanzada en el costado derecho a Jesucristo, que yace en la Cruz (y miraron al que atravesaron), como narra San Juan Evangelista en su evangelio (capítulo19,22-24), siendo el único que recoge el momento que no aparece en los evangelios sinópticos:

“Pero al llegar a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua”.

El conjunto de Longinos, su áuriga y el caballo, es deudor de los monumentos ecuestres barrocos, proporcionando un sugestivo juego de tensiones contrapuestas en la descripción del animal y la valiente y osada actitud del emocionado jinete que trata de dominar el movimiento de un erguido y encabritado caballo que le opone resistencia. El caballo se espanta ante Dios muerto, el convertido romano Longinos se pasma ante lo que por su mano ha acaecido. 

Digna de ser destacada del conjunto del misterio, por su gran belleza artística y excepcional factura, es la figura de El Crucificado, tallada en madera de cedro real. De pulcritud anatómica sublime, constituye una austera y grandilocuente relectura de patetismo silente, sereno y desgarrado. Sin duda, transporta los referentes barrocos a un Crucificado recientemente muerto y de hermosa cabeza, cuyo cuerpo lacerado es muestra evidente de los tenaces esfuerzos musculares que hubo de realizar. Una pieza acertada y de espectacular presencia. La conmovedora faz de Cristo es hábilmente explotada por el escultor, logrando suscitar una síntesis perfecta entre la tortura física de Cristo y su divinidad, evitando el excesivo contorsionismo anatómico. La solución dada a la corona de espinas, exigencia contractual fijada por la Junta de Gobierno de esta Cofradía, enriquece, bajo un prisma iconológico, el mensaje de triunfo sobre la muerte. 

La Cruz en madera tallada, arbórea, policromada y de tres metros de altura, no está ahuecada, lo que añade un grado más de sacrificio y penitencia a sus 96 aguerridas braceras en la noche del Viernes Santo por las angostas calles del viejo León. 

El paso fue bendecido y presentado en el patio del Palacio de los Guzmanes, sede de la Diputación de León, en la Cuaresma de 2.002, en un emotivo y multitudinario acto, presidido por el entonces Abad Hno. Carlos Jiménez Villegas, que dirigió unas palabras a las autoridades, hermanos y público asistentes, finalizando el acto con una actuación de nuestra Agrupación Musical. 

Precisamente el hecho ser portado enteramente por hermanas de la Cofradía, confiere, a esta escenografía tan monumental, un característico modo de puja muy peculiar dado el enorme ejemplo de valentía y arrojo demostrado por éstas en determinados tramos de la procesión, teniendo que elevar y descender el paso en innumerables ocasiones a causa de cables y balcones y en las que incluso ha de desmontarse algún segmento de las varas para poder  entrar en algunas de las calles, como al final de la empinada Cuesta de las Carbajalas, en la que el esfuerzo, el grado de compromiso, el talento, la emoción y la devoción de sus braceras titulares y sus mas de 140 suplentes estremece al fiel espectador.

Para terminar, incluimos la poesía realizada por el hermano Javier Antón Cuñado, bracero de la Virgen de las Angustias sobre este momento bíblico y que recoge con gran acierto lo que La Sagrada Lanzada representa. 

 “Fue la última duda,

la muerte

estaba allí

y no la vieron.

Tras el inútil gesto

del galope,

tras la lanza

que nada pudo derribar,

la última herida del planeta,

la deuda saldada,

las brasas aún calientes”