Cristo Yacente
Trono: Creado a partir de unas andas por Víctor de los Ríos, 1947, habiendo servido en aquellos años para trono del Santo Cristo.
Portado: Por 86 braceros y braceras en la Solemne Procesión del Santo Entierro.
La imagen se encuentra expuesta al público en el Museo Diocesano y de Semana Santa.
Una visión dramática
Una visión dramática
El paso que nos ocupa, cuenta con una impresionante talla que fue realizada por el leonés Ángel Estrada y ocupa el séptimo puesto en la Solemne y Oficial Procesión de la tarde del Viernes Santo.
Mucho se ha hablado y escrito de esta imagen, que se considera la mejor obra de Estrada en nuestra ciudad. Estamos ante una visión dramática de la muerte de Cristo con los ojos abiertos, la boca entreabierta, prescindiendo de elementos postizos que acentúen las señales de la Pasión. El perfecto desnudo, su estudio muscular, las líneas mórbidas y el estilizamiento general dejan patentes la formación clásica del autor, evitando la excesiva sangre, la truculencia y los recurridos efectos visuales. Estamos ante un yacente humano que resalta la parte mortal de Jesús, en contraposición a otras interpretaciones que exageran el misticismo o la divinidad por encima de la muerte. El Yacente de Estrada es un cadáver, mientras que otros parecen no mas que durmientes. El difunto de Estrada es un auténtico difunto, una visión descarnada de la Parca sin aderezos litúrgicos ni interpretaciones mesiánicas.
En cuanto al efecto conseguido se dice que es fruto de haberse inspirado en un hombre que apareció ahogado en el río Bernesga, pero parece que utilizó como modelo a un gitano que todas las tardes acudía a su estudio, donde se tumbaba para posar, lo que provocaba que terminara durmiéndose. Después de terminada la obra, el gitano seguía acudiendo todas las tardes por el estudio cobrando únicamente por dormir.
Así confesaba el autor lo complicado del proceso de dicha imagen en una entrevista en 1964, en la que decía que:
Estaba previsto que este paso sustituyera al Santo Sepulcro, y así fue en el año 1964, por lo que en años siguientes ya procesionaron juntos. Ese año salió escoltado por la Guardia Civil y acompañado por la banda de cornetas y tambores de la Cofradía de Jesús Divino Obrero. El siguiente Entierro, el año 1966 el Yacente no terminó la procesión, pues se rompió un brazo de la nueva parrilla que se había realizado y en la calle del Cid tuvo que regresar a Santa Nonia y la procesión, en general, quedó muy deslucida por la fuerte lluvia, sobre todo a partir del descanso. En esa parrilla realizada en 1966, como parecía que el Yacente no se veía lo suficiente en la calle, se dispuso la talla en unas andas que sólo llevaban braceros delante y detrás, estando la parte central más baja, para que el público pudiera observar fácilmente la escultura. Se trataba de una innovación en la semana santa de León ya que nunca se había visto un paso así. Pero curiosamente hubo también muchas quejas pues el Yacente sólo lo veían los de las primeras filas, pero no los que estaban detrás. Dado que por problemas mecánicos, anteriormente comentados, se rompía la parrilla metálica, se desechó esta forma de procesionar a partir de 1970.
Tras diversos tronos y andas la idea del proyecto del paso actual partió de Marcelino González de Montiel, con evidente inspiración en el trono del paso del Yacente de Málaga. Se dispuso en 1992 como catafalco del Cristo un trono que realizara Víctor de los Ríos en el año 1947 para el Santo Cristo, y que posteriormente sería descartado para ese paso por su peso y fuera utilizado, una parte como sotabanco del Retablo de la Cofradía y otra para mesa de la Santa Urna en la Iglesia de Santa Nonia. Los hacheros fueron realizados sobre un boceto de Agustín Nogal Villanueva ejecutados en el año 2000 por los talleres de Antonio Fernández Dorrego y dorados ese mismo año por José Luis Casanova.
La Restauración
La talla, fue restaurada en el año 2000 por el propio autor que, además, mejoró y retalló algunos detalles para definir mejor los rasgos anatómicos. En esa ocasión procedió a limpiar toda la pieza, a eliminar las partes dañadas y a repasar todas las grietas y policromía en las partes necesarias. El Cristo Yacente es un paso que impresiona e inspira a todos los hermanos por su descarnada representación de la muerte.
Plasmaron en piedra Tu muerte
y la piedra tomó vida.
Es ahora la vida inerte
del cuerpo sin vida,
la muerte.
INTERVENCIÓN DE AGUSTÍN NOGAL VILLANUEVA EN LAS JORNADAS LITERARIAS DE ÁNGEL ESTRADA
En un año par, la tarde leonesa del Viernes Santo se va tiñendo de oscuridad, como si el mismo cielo sobre el Bernesga se negara a sostener la luz ante lo que la vieja urbe está a punto de presenciar. En torno a la capilla de Santa Nonia, el rumor de pasos acompasados, golpeando al unísono contra el asfalto, anuncia la llegada de la Solemne y Oficial Procesión del Santo Entierro. El tiempo litúrgico se detiene y la Cofradía de Nuestra Señora de las Angustias y Soledad despliega en la calle pormenores del misterio de la Redención.
El desfile es una catequesis de dolor que avanza cronológicamente. Antes de que el cuerpo inerte del Salvador irrumpa entre la marea negra de túnicas, el camino ha sido preparado para el alma del espectador. El cortejo nos adentra en el duelo a través de composiciones que desgarran el corazón: Los Atributos de la Pasión, el dramatismo del paso de La Lanzada, el maravilloso Santo Cristo, la incomparable Virgen de las Angustias con su Hijo en brazos, el sobrecogedor conjunto del Camino del Sepulcro, Consolación de María sola al pie de la Cruz, cuando ya se han llevado a su Hijo.
Y de pronto, portado con mimo, al ritmo de la Agrupación Musical, aparece la impresionante talla del maestro Ángel Estrada. Es el Cristo Yacente, recién bajado de la cruz, separado del cuerpo de Su Madre, sostenido sobre el paso procesional como el testimonio definitivo de un amor llevado hasta el extremo del desgarro. Al contemplarlo, el corazón se detiene. Su fisonomía rompe el alma. Sus ojos están entreabiertos, fijos en una penumbra que ya no pertenece a este mundo terrenal. No es la mirada cerrada de quien duerme un sueño tranquilo; es la mirada quebrada de quien ha visto el abismo de la crueldad humana y ha decidido expirar manteniendo las pupilas veladas, fijos los ojos en el espectador leonés como si en el último suspiro se hubiera resistido a apartar los ojos de nosotros. No hay palabras que puedan abarcar la sacudida que provoca ver la rigidez de la muerte esculpida en la madera, que es ahora carne herida a los ojos de la fe.
El dolor se vuelve un grito mudo: su boca permanece entreabierta. Es el rictus del último aliento, el hueco por donde se escapó la vida tras clamar al Padre por el perdón de los hombres. Esa boca entreabierta estremece las entrañas de la devoción leonesa. No hay sonido, pero el silencio que emana de ella es más atronador que el más fuerte de los truenos. Es el eco suspendido del «Todo está cumplido», la huella física del ahogo, del dolor físico llevado al límite a través de las líneas mórbidas y el estilizamiento general de su anatomía. Ver esa boca así es comprender de golpe la crudeza de la Parca. Dios no fingió el dolor; asumió nuestras culpas hasta el suspiro final.
Pero este prodigio de madera no flota sobre las calles de León. Se mueve gracias al esfuerzo que ocurre bajo el paso. Es allí donde el sentimiento íntimo se funde con el sacrificio físico: en el esfuerzo ímprobo de sus ochenta y seis braceros. Bajo el peso de la madera y la responsabilidad de portar al mismísimo Dios muerto, los braceros de Angustias y Soledad viven su propio calvario redentor. Cubiertos por el capillo, privados de la vista completa del mundo exterior, los braceros se funden en un solo cuerpo. No ven al Cristo que llevan, pero lo sienten en cada fibra de su ser, en cada músculo tensado por la carga.
El esfuerzo es devastador. El metal de la vara se clava inmisericorde en el hombro, el aire escasea bajo el capillo y el sudor corre por el rostro en la tarde leonesa. Sin embargo, en la intimidad de ese espacio angosto, no hay quejas; hay oración. Cada raseo del pie sobre el asfalto, cada esfuerzo al levantar el paso a la señal del llamador, es un acto de amor puro. El bracero no puja sólo por orgullo; puja por sus difuntos, por sus peticiones secretas, por el perdón de sus propias faltas, por muchas cuestiones. Es una comunión mística entre el sufrimiento del portador y el sufrimiento del Portado. En el dolor de su hombro, el bracero encuentra un eco lejano, pero real, de las llagas de ese Cristo que va arriba. El crujido de la madera sobre las almohadillas es la música que acompasa sus latidos.
Tras el paso del Yacente, el Santo Sepulcro en el cual esperará la Resurrección, seguido del San Juan, el discípulo amado, y, cerrando el cortejo, la figura que da sentido al nombre de la cofradía: Nuestra Señora de la Soledad. La Madre avanza desolada, envuelta en su manto negro, recogiendo el eco del último suspiro de su Hijo. Si el Yacente es el testimonio de la muerte del Dios Hombre, la Soledad es el reflejo del alma humana rota por la pérdida. El contraste es desgarrador: el Hijo muerto con la boca abierta por el ahogo y la Madre que camina detrás con el pecho traspasado por la espada del dolor infinito. Ella cierra el cortejo como la gran guardiana de la esperanza, la que sufre en el silencio de León aguardando el milagro.
Se experimenta una extraña paradoja al contemplar a Cristo Yacente caminar por la ciudad de los vivos. Él, que es la Fuente de la Vida, va muerto. Él, que formó al hombre del barro, yace inmóvil, dependiente de los hombros de los hombres para moverse por las calles. Es una lección de humildad lejos de cualquier soberbia. Cada herida es un poema de redención, cada gota de sangre derramada en el madero, y ahora seca sobre su piel, es un precio pagado por nuestra libertad.
El humo del incienso se eleva hacia las alturas, envolviendo el cuerpo yacente en una nube mística. El olor a cera quemada se mezcla con el aire de la tarde – noche, creando una atmósfera donde el tiempo parece haberse detenido. El paso sigue su marcha, alejándose hacia su recogida en Santa Nonia. Las sombras de la noche ya han ganado la partida, y la silueta del Yacente se desdibuja lentamente en la distancia. Los braceros, exhaustos, pero con el alma encendida, dan los últimos pasos, sabiendo que han cumplido con su bendito ministerio. Sin embargo, la impresión de su rostro permanece intacta en el santuario de la memoria leonesa. Esos ojos que aún parecen mirarnos desde el misterio del más allá, esa boca que sigue proclamando el amor en el más absoluto de los silencios, se quedan grabados a fuego, custodiados para siempre bajo el capillo negro de los hermanos de las Angustias y Soledad.
La procesión de Angustias no es un desfile fúnebre ordinario; es el cortejo del Rey que va a conquistar los infiernos. El creyente leonés sabe que tras esa máscara de dolor infinito se esconde el germen de la Resurrección. La fe ya vislumbra, en el fondo de esa mirada fija, la luz de la mañana de Pascua que transformará para siempre el destino del mundo.
Aliento bajo el Capillo.
Señor mío Jesucristo,
Yacente en el Santo Entierro,
ya cruje la madera sobre el hombro apenas cubierto,
y el mundo se reduce a ese trozo de vara,
al raseo del pie que busca el pavimento,
y al aire que escasea tras la sarga negra.
No te veo, mi Cristo de Estrada,
pero te siento pesar sobre mis huesos
con la gravedad de todos mis pecados.
Dicen ahí fuera que llevas los ojos abiertos,
desafiando a la muerte en la tarde de León,
que llevas la boca entreabierta por el ahogo final
con el que nos devolviste la vida.
Bajo este capillo, que es mi propio sepulcro,
yo también me quedo sin aire.
Que cada punzada en mi carne sea un rezo,
que cada raseo sea un perdón,
que el sudor que me nubla la vista
limpie las culpas que cargo en silencio.
Tú llevas la herida del costado;
yo, la marca bendita de la vara.
Tú entregaste el último aliento;
yo te entrego el que me queda en esta rampa.
Miro esos velones a los lados del catafalco,
y veo una cinta negra de luto,
recordando a los que fueron compañeros de puja,
y me acuerdo de ellos,
y de las sensaciones que compartimos.
No dejes que mis fuerzas flaqueen, Cristo Yacente,
hazme fuerte en la túnica,
hazme uno con mis hermanos de Angustias y Soledad,
y que al levantar el paso al cielo de Santa Nonia,
sienta que te alivio un segundo el dolor de la cruz,
mientras tu Madre, en su Soledad,
camina detrás, guardando nuestros pasos.
Amén.
